La Fábula del Hombre Orquesta

7 10 2010

Érase una vez en un cercano país, un hombre tan engreído que podía sentarse cómodamente sobre su propio ego. Este señor tenía por profesión la música y aunque sabía tocar distintos instrumentos, ocupaba la plaza de trompetista principal en la banda local de su pueblo natal. Era raro el día en el que no repasaba la larga lista de instrumentos que dominaba con sus compañeros/as de banda, soportando éstos/as la interminable retahila e insufrible exaltación de su habilidad para la música. Podía consumir horas y horas de ensayo demostrando a sus colegas cómo tocaba cada uno de sus instrumentos. No sólo aburría en la banda de música, sino que Pedro, que así se llamaba este hombre, asustaba (literalmente) a cada uno de sus paisanos/as nada más que se les aparecía a lo lejos, ya que siempre les entretenía durante largo rato, vanagloriándose de manera gratuita y haciendo perder mucho tiempo a su oyente forzoso.

Todo esto fue rutina durante años, hasta que un día, Pedro fue expulsado de la banda por el director de orquesta tras una gran trifulca que ambos sostuvieron durante largo y tendido. Los motivos de Luis, el “jefe” de la banda eran que:

1º. Pedro hacía perder diariamente más tiempo en vanagloriarse de sus habilidades musicales que en ayudar a mejorar las partituras diseñadas para las fiestas del pueblo, próximas en cuanto a tiempo se refería.

2º. Por si lo anterior no fuera suficiente, criticaba constantemente cualquier aportación de sus compañeros y las deslegitimizaba por el simple hecho de creerse el único que podía “opinar para mejorar las partituras”.

3º. La gota que colmó el vaso fue que Pedro insultó al director de orquesta diciendo que: “no sabes ni de música ni de dirección, eres un Don Nadie”.

Una vez que Luis despidió de la banda del pueblo a Pedro, éste en lugar de irse tristemente, alzó su cuello y esputó una última sentencia: “Ja, no sé a donde llegaréis sin mi, todo el pueblo sabe que soy el alma de la banda, pero no os preocupéis… Os haré la competencia yo solito, malditos pipiolos”. Y así nadie supo más de Pedro hasta el día mayor de las fiestas locales…

Llegado el día de San Bartolomé, patrono de la villa, todo el pueblo esperaba expectante para la actuación de la banda de música y… Llegó su momento, horas de ensayo y buena fé se conjugaban para dar el do de pecho en las fiestas patronales. Una vez presentada, Luis y sus colegas de banda fueron entrando progresivamente y es imposible describir en palabras unas notas musicales tan sublimes. Pero justo cuando se llegaba a la nota final y el público emocionado iba a comenzar a derrumbar el escenario con sus aplausos, apareció una triste silueta en el escenario, altamente sobrecargada, que dijo: “Heme aquí, para arruinar vuestro único día de gloria, porque los mediocres no conoceréis jamás lo que es dominar un instrumento”. Todos sus excompañeros se quedaron boquiabiertos casi sin poder exhalar la última nota y fue entonces cuando sucedió. Luis, luego reconoció que por una corazonada, le cedió el escenario amablemente a Pedro que comenzó a tocar, era tal la cara de tensión de este último que casi os podéis imaginar como finalizó la situación. Al intentar insuflar aire a través de su trombón, golpear rítmicamente el tambor y seguir la melodía con su acordeón, llegó lo insospechado: ¡comenzó a desafinar! Y de tanta tensión corporal y rubor facial, Pedro, terminó de un traspies en el suelo: ahogado por la humillación del fracaso.

Tras unas risas, el público se silenció súbitamente al observar que Luis tendía amablemente la mano a Pedro, éste avergonzado y con lágrimas en los ojos, muy a su pesar le devolvió el gesto y se incorporó, soltando su pesado equipaje musical. Nadie pudo imaginar lo profundo que caló este hecho en la persona de Pedro, ya que nuestro maestro puso su genio e ingenio al servicio de sus compañeros/as de profesión y juntos consiguieron giras por más de medio mundo.